Nosotros los pueblos: gobernanza global en la era poswestfaliana

Artículo de opinión
Diciembre 2025

Ricardo E. Lagorio
Embajador. Ph. D. Candidate en Ciencias Políticas.
Miembro del Servicio Exterior de la Nación y del Consejo Ejecutivo del CARI.

Obertura

Tiempo de grandes turbulencias que bien podría ser definido, por analogía, como un momento maquiavélico. Pocock (2016) le da este nombre a un momento en el tiempo conceptualizado, en el que se percibía a la organización política enfrentándose a su propia finitud temporal, intentando mantenerse moral y políticamente estable en medio de una  sucesión de acontecimientos irracionales concebidos como esencialmente destructivos para todo sistema de estabilidad.

En este contexto, ¿importa el multilateralismo en el siglo XXI?
¿Sigue siendo vigente?

¿Es relevante el andamiaje institucional surgido en San Francisco, con la Organización de las Naciones Unidas en su centro?
¿Cuál es el grado de influencia sobre las agendas, las políticas públicas, la conducta y el resultado de las interacciones de los Estados?

El multilateralismo no puede ser definido únicamente en términos nominales por la cantidad de actores estatales involucrados, ya que esto lo reduce una mera fórmula cuantitativa. El multilateralismo, como muy bien lo define Robert Keohane (2014), es un adjetivo que modifica el sustantivo institución. Por lo tanto, el multilateralismo representa una de las formas genéricas de la institucionalización de las relaciones internacionales. Pueden ser las otras, como muy bien señala John Gerard Ruggie (1993), el bilateralismo y el propio imperialismo.

El abordaje del multilateralismo requiere un enfoque institucional —estructuras organizadoras de las interacciones humanas— y uno normativo —principios de conducta generalizados—. Asimismo, es necesario incorporar al análisis las “instituciones invisibles” de las que habla Pierre Rosanvallon (2025): confianza, autoridad y legitimidad, en tanto factores de integración, cooperación y regulación que estructuran el mundo social.

En este escenario, el multilateralismo —como esquema de negociación y búsqueda de soluciones basado en la acción concertada colectiva—, con su correlato en la Organización de las Naciones Unidas, adquiere hoy aún mayor relevancia que en 1945. No obstante, en la práctica se ve limitado por un creciente nacionalismo, renovados populismos de fuerte raigambre soberanista y la exacerbación de la política de grandes poderes.

Excursus

Antes de avanzar, quiero abrir un paréntesis.

En nuestro afán y necesidad de definir realidades en términos analógicos y conocidos —muchas veces por pereza intelectual— hablamos de Tercera Guerra Mundial o de Nueva Guerra Fría. Esas definiciones nos siguen siendo útiles para abordar los grandes conflictos geopolíticos clásicos y territoriales de hoy: guerra entre Ucrania y Rusia, Gaza, Haití, Sudán, Yemen y tantos otros. Pero sin desmerecer este enfoque, estas categorías ya no reflejan la totalidad de los desafíos actuales.
La actual distribución de poder va más allá de la definición de la teoría realista de la competición entre grandes poderes:
competencia entre Estados nacionales, definidos como los gladiadores hobseanos, compitiendo por espacios geográficos tangibles. Nuestra actualidad es binaria.

El presente esta también signado por biotecnología, inteligencia artificial, geoingeniería, ecología, nanotecnología: el poder del mundo digital moldea y condiciona la vida diaria de miles de millones de personas y altera el funcionamiento de las sociedades humanas.
En esta era digital, por primera vez la tecnología se constituye en un instrumento que no solo puede modificar o moldear la realidad, sino también crear una totalmente distinta y posantropocéntrica. La inteligencia artificial generativa podría crear una realidad transhumana. Estaríamos frente a presente en la creación.
En 1969, Dean Achesson (2022) publicó sus memorias bajo el título Presente en la creación, en referencia a su papel como secretario de Estado de Estados Unidos en el diseño e implementación de la arquitectura internacional post-1945. El actual kairos implica un nuevo “presente en la creación”, aunque esencialmente distinto del anterior, ya que no estamos modificando o moldeando la realidad física y tangible, sino que podríamos estar creando algo nuevo: una nueva realidad digital. Mundo virtual en competencia con el mundo físico.
En esta aporía moderna —escenario híbrido, dialógico y no binario—, compuesta de territorialidad y des-territorialidad, presencialidad y virtualidad, temporalidad y atemporalidad, es ontológicamente diferente. Tenemos que buscar nuevos paradigmas que nos ayuden a disipar la niebla y la oscuridad, y aportar claridad a la realidad.

Escenario híbrido en el que conviven en un mismo espacio y lugar el Leviatán —el mundo clásico westfaliano— y el algoritmo —el mundo nuevo de la conectividad transfronteriza del siglo XXI—.
El futuro ya llegó a través de la tecnología; no podemos seguir anclados en la gobernanza del pasado. Desde ya que eso
no implica en modo alguno sugerir el fin del Estado nación o de los Gobiernos nacionales. Necesitamos avanzar hacia una nueva geopolítica —territorial y des-territorial, y estatal y no estatal—, así como tener más en cuenta el papel del individuo-líder político westfaliano, o del emprendedor digital, ya que, en definitiva, él mismo es su propio Prometeo.
A futuro, ¿seguirán primando la Organización de las Naciones Unidas, el G-7, los BRICS y otros esquemas territoriales multilaterales, o se consolidarán esquemas tales como GAFAM—Google, Apple, Facebook (ahora Meta) y Amazon—?
En el nuevo mundo digital, ¿cómo definimos el territorio, la población y la soberanía?

En un nuevo mundo digital, ¿cómo y quién gobierna? ¿Podrán el Estado nación y sus instituciones y burocracias estatales seguir administrando? ¿El nuevo mundo digital favorecerá la concentración de poder o, por el contrario, su descentralización y tránsito hacia nosotros los pueblos, palabras iniciales de la Carta de la ONU?

En un nuevo mundo digital, ¿cómo definiremos los derechos humanos y la libertad? ¿Tendremos suficiente espacio humano para ejercer nuestro libre albedrío? ¿Podremos seguir ejerciendo nuestra voz y nuestro voto en el marco de la democracia representativa, o el celular reemplazará a la urna?
Estas preguntas y muchas otras requieren de nuevos paradigmas. Y en este ejercicio de pensamiento y acción binaria, nadie mejor que Henry Kissinger ha logrado sintetizar esta dualidad entre los dos mundos: el Leviatán y el algoritmo.

En su libro póstumo, Génesis —¿presente en la creación?—, escrito junto con Craig Mundie y Eric Schmidt, dice:

El advenimiento de la inteligencia artificial es, en nuestra opinión, una cuestión de supervivencia humana… Eso
requerirá la resolución de no uno, sino dos problemas de alineamiento: el alineamiento técnico de los valores e intenciones humanos con las acciones de la IA, y el alineamiento diplomático de los humanos con sus semejantes
(Kissinger, Mundie, Schmidt, 2024, p. 5).

Históricamente, ciertos momentos del acontecer humano —lo que los griegos denominaban Kairos— son sometidos a profundas disrupciones por cambios tecnológicos. Y este es uno de ellos. El cotidiano impacto disruptivo de la IA se ha transformado en el elemento condicionante de nuestro devenir humano.

Desde una perspectiva estratégica, la IA puede acelerar el tránsito hacia un mundo poswesfaliano, desafiando más de 370 años de monopolio estatal soberano. Como bien plantean Henry A. Kissinger, Craig Mundie y Eric Schmidt (2024) en el libro Genesis, “podría ser el catalizador de una transición aún más fundamental: un cambio hacia un sistema enteramente nuevo, en el que los gobiernos estatales a su vez se verían obligados a abandonar su papel central en la infraestructura política mundial” (p. 31). En este contexto, es necesario abrir una nueva viñeta y llevar adelante un debate ético sobre las consecuencias del uso instrumental de los avances de la ciencia y tecnología en esta era exponencial. Ello a fin de que los progresos de la ciencia y la tecnología sigan siendo en beneficio del bien común y no de una eventual deshumanización

Sorpresas inevitables

La gran historiadora Barbara Tuchman, en su magnum opus
La marcha de la locura (1985), recuerda innumerables ejemplos de errores históricos, de insensatez de líderes y gobernantes desde Troya hasta Vietnam y, lo que es más preocupante, la falta de aprendizaje. ¿Estamos transitando nuevamente un camino semejante? Si así fuera, tenemos el agravante que las consecuencias son de dimensión global.
En noviembre de 2009 Kofi Annan, exsecretario general de la ONU, acuñó la frase problemas sin pasaportes definiendo una de las principales características de este siglo XXI: la interdependencia de toda la humanidad. Lo que Juan Bautista Alberdi
en El crimen de la guerra, denominaba “pueblo Mundo” (Alberdi, 1985, p. 119). Ello es así ya que los grandes desafíos y problemas de nuestros tiempos son de orden global: cambio climático y transición ecológica, pandemias, violación de los derechos humanos, terrorismo y violencia generalizada, migraciones forzadas, pandemias, pobreza y creciente inequidad, hambre y desnutrición. A los que se suman, renovadas concepciones imperiales y liderazgos mesiánicos, violación del derecho internacional y la Carta de la ONU, todos los cuales no requieren de visado ni de autorización de tránsito mundial.

Desde 1648, el escenario internacional es definido en función de un principio tomado de la Paz de Westfalia, que puso fin a la guerra de los Treinta Años. Es así como Westfalia pasó a ser sinónimo de principio organizador y rector de las relaciones internacionales basadas en la soberanía territorial y primacía del Estado. Principio que, en la actualidad, está matizado en su vigencia y sustentabilidad en un mundo cada vez más complejo que no puede ser definido, en una palabra, ni aprehendido con los paradigmas tradicionales.
En el plano global, transitamos una época signada principalmente por la constante disrupción tecnológica. El escenario que finalmente emerja estará fuertemente permeado y condicionado por la ciencia, la tecnología y la innovación. Las revoluciones en biotecnología, la información e inteligencia artificial están generando una mutación de poder nunca vista, con impacto directo en los actores estatales y no estatales.
En estos tiempos turbulentos y de recesión diplomática, los 193 países que componen la ONU (cuya Carta fundacional comienza con las palabras Nosotros los pueblos, no nosotros los Estados o nosotros los países) aún demuestran que es posible y necesario “invertir” en la diplomacia; que es posible acordar resoluciones y documentos que, con las imperfecciones que puedan tener, constituyen una apuesta necesaria al diálogo, al respeto, a la cooperación y a la convivencia civilizada: en definitiva, una apuesta a la diplomacia multilateral.
No obstante, es necesario asimismo repensar el multilateralismo. El multilateralismo actual responde, principalmente, a un sistema centrado en el Estado, mientras que la realidad global actual ya no lo es. Es necesario tener un multilateralismo de dos vías: centrado en el Estado y centrado en nosotros los pueblos, ya que la gran mayoría de los problemas se manifiestan a nivel social.

El multilateralismo no hace solamente a las instituciones; se refiere también a la cultura. Un multilateralismo sostenible no lo será a menos que tenga bases sólidas y sea percibido como eficaz y eficiente por su principal electorado: nosotros los pueblos. 

No se trata, entonces, de eliminar identidades nacionales, sino más bien de generar un nuevo diálogo, en nuevos multilateralismos que reúnan a todos los actores: ciudades, regiones, organizaciones no gubernamentales, grupos de ciudadanos… Por eso, el diseño y construcción de un nuevo multilateralismo requiere afianzarse en una cultura multilateral. Una nueva cultura que incluya y aborde los temas que afectan a nosotros los pueblos y no solo los de los Estados como tales.
¡Y esto se torna aún más necesario en esta nueva era digital que hace que los “problemas sin pasaportes” puedan transformarse en “apátridas”!

Las relaciones internacionales requieren instituciones y reglas internacionales sólidas y universalmente aceptables.
Pero ambos elementos, las instituciones y las reglas, están actualmente cuestionados.
El desafío radica entonces en no quedar inmerso en la “trampa de la inercia” y, en cambio, privilegiar escenarios que favorezcan la emergencia de un orden multilateral estable, en el cual los países puedan generar mayores espacios de autonomía en beneficio de sus respectivos ciudadanos, para crecer, progresar y desarrollarse en el marco de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas.

De cara al futuro, los interrogantes emergen y estamos ante el dilema moral: en un mundo global, interconectado, interdependiente, ¿cómo compatibilizar los principios con las necesidades de crecimiento y desarrollo? ¿Cómo equilibrar el interés nacional con el imperativo del intervencionismo humanitario? ¿Cómo utilizar la gobernanza global para alcanzar los objetivos nacionales? ¿Cómo establecer una agenda para que los sistemas internacionales sean realmente representativos? Ante este invierno de la desesperación, debemos trabajar por la paz, el desarrollo y por un orden estable, nuestra primavera de la esperanza.
Es necesario, así, encontrar esos márgenes de solidaridad que permitan establecer un sólido consenso para mantener la paz y la seguridad internacionales, y garantizar un desarrollo y un progreso sustentables.
Las instituciones que fueron creadas en 1945: el sistema dual de San Francisco —Naciones Unidas— y Bretton Woods —Banco Mundial y FMI— se basaban en una definición de paz, guerra y desarrollo que ya no es tan vigente.
Guerra definida en términos principalmente bélicos, por lo tanto, la respuesta no podía ser otra que la militar. Y paz, no como ausencia de guerra, o como un interregno entre dos guerras. Eso definió la forma como se instituyó la Organización de las Naciones Unidas y la modalidad en que la diplomacia multilateral operaba en dicho contexto.


En este dinámico, mutante y acelerado escenario del siglo XXI, que trasciende lo internacional para convertirse en global, no hay espacio para reditar fórmulas del pasado. No es posible extrapolar o aggionar el annus mirabilis de 1945. No es posible recrear fórmulas y ámbitos imperiales con sus respectivas zonas de influencia, ni encerrarnos en nacionalismos soberanistas. Es así como pensar el futuro se transforma en una empresa compleja y novedosa. Estamos frente al desafío de un nuevo ejercicio en tres planos y dimensiones diferentes: instrumento, ámbito y sustancia. Por lo que el desafío actual no radica únicamente en adaptar el funcionamiento de la ONU a los nuevos tiempos. Hoy debemos redefinir la sustancia: ¿qué es la guerra?; repensar el marco institucional para su obtención y mantenimiento en la forma más sustentablemente posible —ONU—, y diseñar los nuevos mecanismos de la diplomacia multilateral para su efectivo abordaje. Tomemos conciencia de que, ante las nuevas complejidades y variantes de la guerra, es imprescindible abordar la paz con una ingeniosidad diferente. No comencemos intentando modificar el ámbito (ONU) y su instrumento (diplomacia multilateral), dejando la sustancia (paz) al margen. Eso generará un gatopardismo de poder, que de ninguna manera será responsabilidad de la Organización de las Naciones Unidas.
La Organización de las Naciones Unidas, como ámbito de acción, cooperación y colaboración colectiva, no es autónoma de sus miembros. Es, más bien, recipiendaria de las voluntades colectivas. La ONU es, en la mayoría de las cuestiones, lo que sus 193 miembros quieren que sea; aunque en ciertas cuestiones sensibles de gobernanza global, los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad tienen un papel determinante en su funcionamiento, y bloqueo. Es por ello por lo que cuando existe y se ejerce la voluntad política —aquello que Víctor Hugo2 denominaba poéticamente simpatía de las
almas— surgen los consensos y los acuerdos sustentables.

Es así como en 2015 todos los miembros de la ONU acordaron los diecisiete Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Y, hace un año en septiembre de 2024, entre el fragor de guerras, desastres ecológicos, inestabilidades sociales y políticas, violaciones a los derechos humanos e indiferencia ante las crisis migratorias, fue posible superar dicha situación y adoptar una moderna brújula de navegación para este siglo XXI: el Pacto del Futuro. 

El domingo 22 de septiembre se adoptó
sin votación este documento, juntamente con el Pacto Digital y la Declaración sobre Generaciones Futuras. Este triángulo arquitectónico de gobernanza global fue aprobado por toda la membrecía de la ONU y, posteriormente, el Gobierno del presidente Milei se disoció de tal compromiso, siendo así el único país que no es parte de esta nueva geometría onusiana.
Este ejemplo de “fraternidad diplomática” (¡el tercer concepto de la Revolución francesa, lamentablemente olvidado!) nos recuerda de la importancia de la búsqueda de la gobernabilidad global —erróneamente asimilada al gobierno global—, que no es otra cosa que el avance de la conciencia humana hacia ámbitos de paz y cooperación.

Estos dos documentos, más allá de sus falencias y limitaciones, no solo constituyen hojas de ruta para generar progreso y desarrollo más equilibrado, sino que son la clara expresión de que aún hoy hay espacio para el diseño de un mundo más fraternal. La adopción de una paz sistémica y sustentable como norte para la navegación de las aguas turbulentas de este siglo XXI es la clave para no desmagnetizar la brújula que todos debemos seguir. Por lo que debemos evitar quedar inmersos en la polemología de lo cotidiano —guerra de tarifas, guerra psicológica, guerra cognitiva…— y batallas culturales, esto último además un oxímoron ya que lo cultural hace al poder blando, del que hablaba Joseph Nye (2005), y no al poder duro.
El arte de la guerra de Sun Tzu (2019) debe ceder espacio ante el arte de la paz. La paz por la diplomacia debe imponerse frente a la barbarie de la violencia bélica.
Según el Instituto de Investigación de la Paz de Oslo (Peace Research Institute Oslo [PRIO], 2024), el mundo está experimentando un aumento de la violencia nunca visto desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. El año 2024 es el de mayor número de conflictos armados entre Estados en más de siete décadas.
En este contexto, no hay justificativo moral ni práctico para que el gasto militar en 2024 haya sido del orden de 2,718 billones de dólares (2.718.000 millones de dólares), lo que representa un incremento del 9,4 % en términos reales respecto de
2023, y constituye el aumento anual más pronunciado desde, al menos, el final de la Guerra Fría. En cambio, la inversión en paz está lejos del 1 % de este monto: el presupuesto de la ONU para 2024 fue de 3580 millones de dólares y el de las operaciones de mantenimiento de la paz de la ONU, de 5590 millones de dólares.

Quo Vadis

En primer término, este proceso requiere de los 193 miembros de la ONU —sus Estados, Gobiernos y “nosotros los pueblos”— un renovado compromiso con la paz y con la justicia internacional. Paz que en siglo XXI no puede seguir siendo un estadio entre dos guerras, ni aun la ausencia de esta, ya que la paz en el siglo XXI es mucho más que esto.
En tanto y en cuanto la guerra contemporánea no es solo el producto de amenazas militares, la paz ya no puede ser definida únicamente en términos bélicos y militares. Se define, en cambio, muy en consonancia con el concepto de seguridad humana, tal como surge en el Informe sobre Desarrollo Humano del Programa de las Naciones Unidas de 1994.
En este contexto, la paz está íntimamente ligada a la posibilidad de que necesidades fundamentales del ser humano —alimentación, salud, educación, respeto a derechos humanos, respeto y coexistencia pacífica…— sean satisfechas.
En términos más prácticos, debemos comprometernos con nuestras responsabilidades globales y con los compromisos adquiridos: respetar el derecho internacional y la carta de la ONU; y en particular usar como brújula de navegación para este siglo los 17 Objetivos de Desarrollo Sustentable y Pacto del Futuro y sus dos anexos. (Pacto Digital y Declaración sobre las Generaciones Futuras), textos indicativos de consensos mínimos. Debemos, asimismo, comprometernos a cooperar eficazmente en cuestiones globales como la ecología, el desarme tanto convencional como nuclear, los derechos humanos, el comercio, las pandemias, migraciones, pobreza y desigualdad económica, tensiones sociales e inestabilidad institucional que, entre otros, está alimentando la marea baja del multilateralismo.
Año tras año, en septiembre convergen en la sede de la ONU los jefes de Estado o de Gobierno —y en su defecto, los cancilleres— de todos sus miembros. Esta moderna acrópolis (“ciudad alta”) sigue representando el compromiso de todos los miembros de la comunidad internacional con la práctica de los nobles ideales y logros de la gran organización internacional.

Esta anual y masiva congregación de líderes no es un aval automático a la efectividad y capacidad que tiene la institución de cumplir con sus fines y propósitos. La ONU requiere de cambios y adaptaciones a una realidad que ha mutado en estos 80 años.
Refleja, en cambio, la notable paradoja —cual el personaje de El burgués gentilhombre, de Molière,3
el señor Jourdain que no sabía que hablaba en prosa— de que muchos líderes no saben que la ONU es hoy en día más necesaria que nunca. Un ejemplo de ello es la reunión del Consejo de Seguridad del 24 de septiembre último, en la que se llevó adelante un debate abierto de alto nivel sobre el impacto de la inteligencia artificial sobre la paz y seguridad. Al día siguiente, la Asamblea General de la ONU realizó otra sesión abierta de alto nivel sobre IA y gobernanza, permitiendo que por primera vez sus 193 miembros pudieran discutir sobre este tema y buscar fórmulas de cooperación global.

Referencias

Acheson, D. (1987). Present at the Creation. W. W. Norton & Company.
Alberdi, J. B. (1985). El crimen de la guerra. Librería Editorial Platero.
Keohane, R. (1990). Multilateralism: An Agenda for Research. International Journal, 45(4), 731–764.
Kissinger, H. A., Mundie, C. & Schmidt, E. (2024). Genesis. Little, Brown and Company.
Nye, J. S. Jr. (2019). Do Morals Matter? Oxford University Press.
Pocock, J. G. A. (2016). The Machiavellian Moment. Princeton University Press.
Rosanvallon, P. (2025). Les institutions invisibles. Seuil.
Ruggie, J. G. (1993). Multilateralism Matters. Columbia University Press.
Saavedra Lamas, C. (1937). Por la paz en las Américas. M. Gleizer Editor.
Sun Tzu. (2019). The Art of War. Penguin.
Tuchman, B. (1985). The March of Folly. Random House.

Scroll al inicio